Desde que tengo memoria, la industria editorial ha estado en crisis, incluso en sus mejores momentos.
Ese sentido de crisis permanente se explica por la diversidad de lo que llamamos, en singular y con demasiada ligereza, «el mundo del libro». No es lo mismo lo que vive un editor transnacional, con un enorme capital de apoyo y capaz de jugar con variables multinacionales, que el editor mediano y nacional, expuesto a los altibajos de su economía local, o que el pequeño editor —el llamado independiente—, que carece del capital y de la infraestructura de los otros dos. Son realidades distintas, y cada una exige su propio análisis en función de su peculiar situación histórica.
Lo cierto es que todos los sectores del libro han atravesado, desde finales del siglo pasado hasta hoy, crisis sucesivas. Las tecnológicas no han sido pocas: la llegada de la computadora y lo que trajo consigo —PageMaker, Ventura Publisher, el escáner, el OCR—, y más tarde la impresión digital y el libro electrónico. A ellas se sumaron las crisis económicas mundiales de los años ochenta y noventa, y las nacionales, como la de 1994 en México. Hubo además periodos de concentración de capitales: compras de editoriales medianas por las grandes, catálogos que desaparecieron, desempleo.
Para mí, esa constatación venía de más atrás. En los años ochenta, al frente del Instituto Superior de Intérpretes y Traductores, había encontrado un vacío gemelo al de la traducción: así como no había dónde formarse el traductor profesional, tampoco había dónde formarse el editor. De ahí salieron, en 1984, los primeros seminarios para la formación de editores, en un aula donde se hablaba de composición tipográfica y de las alternativas de impresión que entonces apenas asomaban. Lo que el Instituto haría después en grande empezó ahí en pequeño.
Y no era la primera vez que me tocaba levantar algo así. En agosto de 1980 fundé la Asociación de Traductores Profesionales, que presidí más de diez años; dirigí durante más de una década el Traductor. Palabra y tecnología, revista trimestral del oficio; desde 1982 organizamos con el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Fondo de Cultura Económica un encuentro anual que a partir de 1983 se llamó Coloquio sobre los Problemas de la Traducción Literaria; entre 1982 y 1984 fundé y dirigí la Gaceta. Panorama de la traducción y la interpretación en México; en 1983 asumí la dirección del Instituto Superior de Intérpretes y Traductores, donde elaboré el proyecto académico y el diseño curricular que permitieron el reconocimiento formal de las licenciaturas; en 1984 participé en la creación del primer centro regional de la Federación Internacional de Traductores en América del Norte, y en 1993, en la del primer centro de información sobre la traducción que hubo en el país.
Puestas en fila, esas piezas son siempre las mismas: una asociación, una revista, una escuela, un congreso y un lugar donde guardar la memoria. De modo que cuando en 2003 escribí las cuatro estrategias para el quehacer editorial, no estaba inventando un plan: estaba repitiendo, para el libro, lo que ya había hecho para la traducción.
Hubo además una escala intermedia entre aquello y esto. Entre 2010 y 2015, un grupo de editores y académicos nos reunimos una vez al mes en mi casa bajo el nombre de La Tertulia Editorial. De esas conversaciones salieron los Coloquios sobre el Futuro del Libro: el primero en octubre de 2012 en el Tec de Monterrey, Campus Ciudad de México; el segundo en Zacatecas al año siguiente, por invitación del Instituto Zacatecano de Cultura; y después otros sobre la medición de la lectura y sobre el diseño de librerías y espacios lectores. La Tertulia fue un grupo informal, sin papeles ni membretes, pero no ajeno a esta casa: el programa del primer Coloquio, recuperado en 2026, lista al Instituto del Libro y la Lectura entre sus cuatro convocantes, junto al Tec de Monterrey y al Instituto de Desarrollo Profesional para Libreros. De ahí venía la pregunta que ocupaba a todos: cómo vislumbrar el futuro en una época de cambios tan radicales. La memoria de aquel grupo se conserva en su propia sala. Cuando en 2022 y 2023 el Coloquio se celebró dentro de las Jornadas, no estrenaba nada: retomaba una conversación que ya llevaba diez años.
Todo eso nos hizo ver, a finales de los noventa, la necesidad imperiosa de emprender una labor minuciosa de investigación, aunada a la capacitación del gremio, que debería desembocar —pensábamos— en la creación de carreras universitarias en torno a los quehaceres del libro.
En 2001 reunimos a buena parte del gremio en El libro y las nuevas tecnologías. Los editores ante el nuevo milenio. Un año después ese volumen se volvió periódico y nació Quehacer Editorial. En el número 2 de la revista publicamos un texto que era, en realidad, un programa: cuatro estrategias para profesionalizar el oficio —la revista, un instituto, la formación universitaria de editores y un congreso anual—. El 22 de abril de 2003 firmamos el acta constitutiva del Instituto del Libro y la Lectura, A.C., con el objeto de «realizar y fomentar la investigación, la docencia y la difusión en materia de las ciencias del libro y de los procesos y hábitos de lectura».
Las otras tres estrategias también se cumplieron. Quehacer Editorial publicó veinticuatro números —3,890 páginas, cerca de un millón setecientas mil palabras— en alianza con Ediciones del Ermitaño. De la aspiración de formar editores salió la ECAOL, la Escuela de las Ciencias, las Artes y los Oficios del Libro, y con ella los talleres de encuadernación, fabricación de papel y serigrafía que se impartieron en las instalaciones de la editorial. Y el congreso anual tomó dos formas: el Coloquio sobre los futuros del libro y las Jornadas en torno a la Edición, cuya tercera edición, en 2023, se organizó junto con las redes de editoriales universitarias de México, Colombia, Chile, Perú y el conjunto de América Latina y el Caribe.
Mirar hacia adelante ha sido una constante del Instituto. Los cambios tecnológicos, económicos, políticos y culturales no son fenómenos que deban asustarnos ni amedrentarnos: son objetos de estudio, y hay que tomarlos en cuenta para adaptar el quehacer editorial a un entorno que siempre ha cambiado, como ha cambiado el mundo del libro desde su origen hasta hoy. No es una declaración de intenciones: en septiembre de 2023, cuando la conversación pública apenas empezaba, el Coloquio dedicó dos días completos a la inteligencia artificial y a lo que le hace a la edición, a la escritura y a los derechos de autor.
No es una postura de ocasión. El Instituto la dejó escrita hace años, cuando las tecnologías en discusión eran otras y el temor era el mismo: «Las nuevas tecnologías no impiden el florecimiento de las artes y los oficios, sino los enriquecen.» Lo argumentaba entonces diciendo que, si bien la tecnología ha hecho desaparecer oficios enteros y a veces parece amenazar la supervivencia del libro impreso, está en nuestras manos preservar ese conocimiento y difundirlo; y que por eso el Instituto trabaja al mismo tiempo en investigar el uso de las nuevas tecnologías y en enseñar las artes ancestrales vinculadas al libro. La inteligencia artificial no modifica esa posición: la pone a prueba.
Pero para tomarle el pulso a los cambios hace falta memoria, y la memoria del ecosistema del libro mexicano es frágil: se pierde en mudanzas, en servidores dados de baja, en cajas que nadie reclama. Preservarla ha sido uno de nuestros objetivos desde el principio. Durante veintitrés años, cada número de la revista y cada mesa de las Jornadas fue un acto de acopio. Lo que hoy es nuevo no es el archivo, sino que esté abierto. Cuanto reunimos en ese tiempo —y cuanto sigamos rescatando— vive en esta página, a disposición de cualquiera. Esa memoria es la que permite estudiar el ecosistema del libro con objetividad: sobre hechos verificables y no sobre impresiones.
En noviembre de 2027 Quehacer Editorial cumplirá veinticinco años, y en abril de 2028 los cumplirá el Instituto. Serán ocasión para hacer el recuento del pasado y del presente, pero sobre todo para mirar hacia el futuro, marcado ahora por la inteligencia artificial, que lejos de asustarnos debería constituir un elemento de apuntalamiento del ecosistema del libro y la lectura, que sin duda seguirá cambiando a lo largo de los siglos venideros.
Bienvenidos, pues, a este espacio de estudio, investigación, análisis y reflexión. Aquí encontrarás un archivo abierto para forjar tu criterio sobre bases sólidas, sea cual fuere tu lugar en este oficio: el de quien escribe, el de quien edita, el de quien imprime, el de quien vende o el de quien lee.
Alejandro Zenker
Director general